
Caen los ojos al suelo,
y se mojan de desierto y espinas,
los recojo
con mis manos, cuerdas de guitarra.
Mis ojos ruedan por la brea
helada del laberinto,
los lanzo
con mis manos, viento azulado.
Vuelan a lo alto entre el oxígeno
y miran el horizonte lejano.
Horizonte de páramos,
de nubes caprichosas y pinos.
Ven mezclarse los matices.
Lo leve que es un pico.
Me ven a mi,
único e insignificante,
sangrando miel.
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